viernes, 24 de junio de 2011

centralistas y federales

Una imagen de la patria mexicana
Tras la caída del imperio de Iturbide, el conflicto político se manifestó con gran fuerza: las provincias del naciente país se declararon estados libres y soberanos, negándose a obedecer al triunvirato, los generales sublevados se atrincheraron en Puebla y exigieron la elección de un nuevo Congreso, mientras que las provincias de Centroamérica se separaron, aunque Chiapas -que había formado parte de la Capitanía General de Guatemala- decidió reincorporarse a México en 1824.
El triunvirato tuvo que imponerse con la fuerza de las armas al regionalismo exacerbado para detener el desmembramiento de la nación, y el Congreso se vio obligado a ceder y convocar a nuevas elecciones, donde la representación no se obtendría de acuerdo con los grupos sociales, sino por el número de habitantes. Concluido el experimento monárquico, los diputados se dividieron en dos grandes grupos: los centralistas y los federalistas. Los primeros buscaban el establecimiento de un gobierno nacional fuerte que mantuviera la unión y fuera capaz de defender la independencia, mientras que los segundos apoyaban la soberanía de los estados y un gobierno nacional con facultades mínimas.
En aquellos momentos, la mayoría en el Congreso era federalista, por lo cual se suscribió el Acta Constitutiva que establecía a los Estados Unidos Mexicanos, y luego de largos y tortuosos debates, se suscribió la Constitución de 1824, la cual consignaba la existencia de tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y mantenía un federalismo mucho más radical que el estadounidense.

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